lunes, 30 de diciembre de 2013

Aspirante a escritor



Se aproxima la hora. Poco falta ya para comenzar, otra vez, con aquello que tanto gozo me reporta: el desarrollo de una nueva novela. La tercera; que es, según dicen algunos, cuando uno puede considerarse a sí mismo como un auténtico escritor.

Van pasando los días fríos del invierno aquí en Granada, en mi ciudad, y mi ánimo y mi atrevimiento se preparan para iniciar una intensa relación con aquellos personajes que me acompañarán día y noche, durante un tiempo indeterminado. Un tiempo en el que sus vidas me pertenecerán por completo y a las que iré dando forma con la misma pasión con la que un alfarero se entrega a unos simples cántaros de barro, o la del  carpintero lijando la madera. La lisura ha de ser perfecta. 
A mi antojo, según mi estado de ánimo o mi manera de sentir ese u otro día cualquiera, les haré también a ellos sentir alegría o tristeza; los situaré deambulando solos por los bulevares de una gran ciudad, a refugio de la álgida lluvia de un mes de abril; o tal vez aparezcan en el interior de un agradable restaurante, el aroma de las especies casi percibiéndose, mientras un viejo violinista ameniza en la calle la tranquilidad cómplice de la noche. Haré y desharé de la misma forma en que el Demiurgo creó el mundo para los platónicos. Porque, durante un tiempo, ese en el que la blancura de las páginas se irá ensombreciendo con la tinta negra de mis palabras, sus designios dependerán únicamente de mí. 

Después, los dejaré marchar. Todos y cada uno de los personajes de mi nueva novela empezarán a formar parte de la vida de aquellos curiosos que sientan el deseo de conocerlos. Tal vez no sean muchos. Pero con que haya un solo lector, el esfuerzo no habrá sido baldío.