domingo, 4 de marzo de 2018

A solas con todos

Tiene el pelo casi tan negro como las cejas y las manos casi tan blancas como la cara. Lleva una curiosa sudadera de color rosa en la que hay estampadas sencillas frases en inglés y francés, y unos pantalones vaqueros y zapatillas de deporte. Sentada en el lugar que le corresponde dentro de la clase, inclina parsimoniosamente la cabeza sobre un libro de texto de matemáticas o ciencias al que no otorga descanso alguno, hojeando con aburrido interés los párrafos y las imágenes que en él aparecen, volviendo una y otra vez hacia delante y hacia atrás sin orden ni concierto, sin saber siquiera qué anda buscando en esas páginas que dobla y desdobla como una autómata precisa e imparable, alzando a veces la cabeza durante unos pocos segundos cuando oye las risas de otras niñas de la clase que se han sentado juntas y las mira de soslayo con una dolorosa compostura de envidia y tristeza de sí misma. Entonces, echo un vistazo al resto de alumnos charlando de forma animada, repartidos por corrillos en grupos que han creado de forma espontánea juntando sillas y mesas en aquel frío y angosto espacio del aula y comprendo de inmediato que ella es la única que está sin hablar con nadie, y me pregunto qué es lo que ha pasado con ellos. En qué momento de sus cortas vidas se han convertido en unos seres aprovechados e insolidarios, y sufro, al ver a esa pobre adolescente, un punzante sentimiento de culpa y vergüenza ajena por el comportamiento de los que deberían ser sus amigos.


Sin que se dé cuenta –o quizá sí que es consciente de ello, pero finge no enterarse- me quedo observándola un rato en silencio mientras termina esa hora de guardia en la que he tenido que sustituir a una compañera. Me fijo en sus ojos, algo tristes, demasiado cansados; en su pelo recogido graciosamente en los lados con unas horquillas que me evocan de inmediato destellos de mi infancia en Granada, cuando se las robaba a mi hermana del cuarto de baño para jugar con ellas. La veo morderse de cuando en cuando las uñas, intentando sobrevivir, tratando de hacer un fiero esfuerzo para no levantar nuevamente la cabeza y que el resto de niñas la sorprendan mirando hacia ellas. Podría llamarse Teresa o Julia o Aitana…, y sin embargo su nombre es menos importante que la impresión de ausencia que la rodea, pues no debe haber peor cosa en el mundo que la de estar rodeado de gente todo el día y aun así sentirte completamente a solas. Tiene apenas trece años y ya siente sobre sus hombros el dolor tan grande que causan la injusticia y la mala educación.


domingo, 14 de enero de 2018

Inolvidable gesto

  A través del cristal de la habitación miraba la calle y sus gentes, el lento ir y venir de los automóviles tratando de avanzar dificultosamente en esa fría tarde de lluvia sin tregua de un miércoles del mes de febrero, aguardando sin deseo lo que nada ni nadie podía evitar ya, preguntándose en un susurro inaudible a dónde irían todas esas personas o quién les estaría esperando en alguna parte de esa ciudad de Granada en la que por primera vez en su vida no deseaba estar allí ni en aquel hospital. De vez en cuando, durante la cansada tregua que le ofrecían los escasos momentos en los que su padre permanecía dormido o no aparecían por la habitación ningún médico o enfermera, se levantaba del incómodo sillón roído del tiempo en sus brazos y se ponía a observar por el amplio ventanal para tratar de ordenar los recuerdos que, como un torrente, le asaltaban ahora la memoria bajo el zumbido incesante y diario de uno de los tubos fluorescentes; años de recordación imprecisa en los que difusamente se mezclaban las soleadas tardes de verano en Montpellier con los recuerdos más recientes de su vida en España; y en todos ellos, como si ahora le resultara imposible pensar en un momento de su adolescencia o su niñez en la que él no estuviera presente, la figura de su padre, grande, casi majestuosa, alegre, se imponía en sus evocaciones con una resplandeciente nitidez que sin embargo no lograba otorgar a una arquitectura determinada o a una fecha concreta, siendo arrancada de su vago y nostálgico ensimismamiento por el sonido de la megafonía del hospital cuando llamaban a un médico para que acudiese a recepción.


  Ni siquiera tuvo que decirle una sola palabra. Los dos sabían con certeza que aquellos eran los últimos días que pasarían juntos. Él lo adivinó en sus ojos, en la crepuscular melancolía con la que lo miró cuando las enfermeras terminaron de colocarle todos esos cables y vías con los que trataban de paliarle el agotador sufrimiento que llevaba padeciendo desde que lo ingresaron. Ella por la forma en la que le cogió la mano la primera vez que se quedaron a solas en la habitación de ese hospital que ya no abandonarían a la vez. Pero ese día sucedió algo distinto. Aquel miércoles sintió de pronto un estremecimiento y por un instante dejó de mirar por la ventana para volverse, con una tibia sensación de calma, hacia la cama en la que su padre estaba tumbado, y descubrió que él la estaba observando. Quizá llevaba un buen rato haciéndolo o tal vez intuyera lo que ella imaginaba o trataba de evocar con tanto dolor y cariño. Quiso reconfortarla aunque fuese una última vez en su vida; aunque tuviera que hacerlo desde la cama en la que intentó agarrarse a una vana esperanza durante los primeros días con una adorable obstinación, de modo que cuando su hija volvió la cabeza él le guiñó un ojo con toda la dulzura que aún le quedaba. Ella le sonrió con un brillo especial que intentaba ocultar la punzante mezcla de tristeza y agradecimiento que sintió en aquel momento. Después, se quedó dormido. Tres días más tarde se fue para siempre, pero ella aún guarda en su retina aquel último y sencillo gesto de su padre con la misma ensoñación y ternura con la que se conservan las viejas fotografías de familia.


A Isabel, por compartirlo conmigo.